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Fertilización agrícola

Oscar Ruiz Rodríguez (desde Santa Fé de Antioquia)

UNA VENTANITA PEDAGÓGICA

Reflexión: “solamente la actividad microbiana de un suelo sano puede darnos comida sana”

Con un lenguaje sencillo y un enfoque ecológico, expresaré opiniones sobre la fertilización agrícola como parte de la vida de los vegetales y como actividad que influye en toda la vida del planeta; para comenzar es importante comprender que la vida vegetal se mantiene a partir de la absorción de nutrientes y la elaboración del alimento necesario para crecer y desarrollarse transformando esos nutrientes a través de un proceso llamado fotosíntesis.


Dejando a un lado la vegetación del medio acuático debe decirse que las plantas en el medio terrestre para poder desarrollarse y producir necesitan además del agua y del aire, más de 12 elementos nutritivos que encuentran en el suelo bajo la forma mineral, destacándose tres elementos básicos: El nitrógeno (N) vigoriza el follaje, el fósforo (P) mejora la resistencia de las plantas y el desarrollo radicular, el potasio (K) estimula la floración y la formación de frutos; los investigadores y estudiosos de los temas agrarios en el mundo, tienen opiniones divididas frente a los métodos utilizados en la agricultura para mantener y mejorar la disponibilidad de nutrientes en el suelo después de que los abonos químicos llegaron a realizar esta labor que por tradición y enseñanzas de la misma naturaleza era exclusiva de los abonos orgánicos.


Con los abonos orgánicos o provenientes de la descomposición de materiales de origen vegetal o animal, se convierte la era o la parcela cultivable en un suelo sano, lleno de vida, algo así como un micro mundo poblado por insectos, lombrices de tierra, hongos, actinomicetos, levaduras, bacterias y otros microbios que se reproducen por millones diariamente desempeñando la función de descomponer la materia orgánica haciéndola asimilable por las raíces de las plantas; los huéspedes de ese suelo sano ayudan a eliminar cantidades de hongos patógenos y enfermedades radiculares (de las raíces) y al terminar su corta vida (algunas horas o máximo uno o dos días) esos microbios mueren por millones aumentando el humus del suelo con sus despojos mortales y optimizando sus características físicas y químicas; la agricultura orgánica busca retribuirle al suelo lo que el mismo suelo ha elaborado estableciéndose una reciprocidad entre el suelo y la vida donde se involucran procesos naturales encadenados en ciclos, unos más largos que otros: La actividad microbiana descompone la materia orgánica, las plantas asimilan el material descompuesto, los animales y el hombre se nutren con alimentos limpios y todos los desechos de cada proceso van regresando al suelo para reiniciar el ciclo; sin microbios no puede haber procesos biológicos, sobreviniendo el fin de la vida en el planeta, ellos han sido los principales artífices de las bellezas naturales que nos rodean, ayudan a la digestión de nuestros alimentos en el tracto digestivo y en cada centímetro cuadrado de nuestra piel habitan miles de millones de esos organismos invisibles responsables de mantenerla en buen estado; los miramos con desprecio juzgándolos como “porquerías”, “cochinadas”, “inmundicias”, pero cómo olvidar la tesis: “Solamente la actividad microbiana de un suelo sano puede darnos comida sana”. 


La necesidad de aumentar la producción de alimentos para satisfacer el hambre de la creciente población mundial, sirvió para justificar la llegada de los abonos químicos a la agricultura del siglo XIX para acá, no pensando precisamente en lo que convenía a la humanidad sino en lo que convenía a las empresas productoras y comercializadoras de químicos o sintéticos de la época (tiempos de guerras mundiales) como las poderosas plantas sintetizadoras de amoniaco para la producción de explosivos para la guerra; los abonos químicos eliminan la población microbiana obligando a las plantas a realizar una asimilación forzada de nutrientes que afecta la calidad de los productos agrícolas, es una agricultura que amenaza la vida y la salud de todos los seres vivos, en palabras del Dr. Alexis Carrel: “Toda la vida será sana o enfermiza según la salud del suelo, todos los alimentos provienen del suelo”.


Investigadores y movimientos sociales empeñados en alejar a la humanidad de la agricultura química para evitar el fin de la vida en nuestro planeta, encuentran el obstáculo de la ignorancia que los poderosos mantienen en el pueblo con la complicidad de gobernantes y muchas facultades de agronomía de universidades que ayudan a popularizar la teoría de que “es necesario envenenar los suelos, las aguas y el aire para poder producir la comida”, haciéndole el juego al capitalismo consolidado en monopolios de la química como Monsanto, Dupont, Bayer y otros. Sería de gran valor que los agricultores mantuvieran en sus fincas zonas de compostaje para procesar los restos vegetales de las podas, de las cosechas y de la cocina, enriqueciéndolos con estiércol y desechos de animales, ceniza, cal agrícola, suero o ácido lácteo, levaduras, carbón triturado y agua; mucho mejor si desarrollan la técnica tipo bocashi o “materia orgánica fermentada” y la producción de humus con la lombriz roja californiana; podrán ofrecer alimentos limpios extendiendo la cultura de países donde los prefieren aunque sean más costosos, estimulando la agroecología y forzando a los empresarios de la muerte a buscar alternativas amigables con el planeta. Ese triunfo de la revolución o desobediencia de los consumidores, sumado al urgente control de la explosión demográfica y a un mejor aprovechamiento de los alimentos producidos, mejorarían la alimentación y la nutrición mundial. “No menos de 1300 millones de toneladas de comida van anualmente a la basura”, “la cifra es casi un tercio de los alimentos que se producen en todo el mundo y que no llegan a ser consumidos” (Revista National Geographic, marzo 2016).


A los estudiosos les recomiendo consultar: Braulio Mchín Sosa y otros (Movimiento agroecológico de campesino a campesino), Hernando Patiño Cruz (Ecología y sociedad), Lady Eve Balfour y al padre del compostaje moderno Sir Albert Howard.

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OSCAR RUIZ RODRÍGUEZ / Santa Fe de Antioquia

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